MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK



Menciona a:

  • Javier Alvarado
  • Javier Romero
  • Salvador Medina Barahona
  • Eyra Harbar


Declaración poética


La poesía es la vida misma.

“Los poetas son como los pájaros:
ninguna cualidad aparte de volar y cantar,
ninguna posesión que no sea el aire.”

Jaime García Maffla



POEMAS

CARTA AL HIJO QUE NO TENDRÉ

Querido mío, ahí vienes.
Pequeño, corriendo cuesta abajo como una liebre,
sorteando las piedras y el tronco de los árboles.
No sabes lo grande que te haces,
creces como un alud en el descenso.
El pecho te hierve de velocidad
y atrás las orquídeas florecen
porque han bebido de tu miedo.
Eres bello pues no lo sabes,
pero esta es la primera vez que rompes a correr
para salvarte.
Eres bello también, cuando lanzas de golpe el rastrillo
y riendo te sumerges en la pila de hojas secas
o recoges con ternura las lechuzas que han caído de sus nidos.
Yo te espero abajo, de pie, frente a la casa,
con el bosque de plástico preparado para el juego:
en la repisa sigue completa la caja de soldados.
Sé cuántas veces soñamos con ese mismo verde resplandor en el vacío,
mientras las máscaras de humo fueron endureciéndose, año con año,
y sus palabras fueron hilvanándose, cayendo como cuentas, una sobre otra.
Perdóname no haberte mostrado otro dios que la belleza,
no haberte obligado a ponerte de rodillas
para masticar sin tregua las raíces de la culpa.
Perdóname, pues la única vez que soñé contigo
te había abandonado.
Hijo, he envejecido.
Toma mi corazón disminuido por el tacto del invierno.
Es pequeño como un broche
y tan liviano que es incapaz de causar daño.
Tómalo sin miedo, ya no puede herirte.
Llévalo hasta el mar y entiérralo en la arena.
Vuelve a decir en voz baja ese poema que repetimos cada noche
en lugar de las plegarias.
Entonces imagina la más poderosa de todas las metáforas,
coloca frente a ti una cuesta ominosamente pronunciada
y échate a correr
con tanta fuerza
como puedas.



FÁBULA DEL CABALLO Y EL RÍO

Hay un punto en la cima
donde la tierra deja de ser tierra
y empieza a ser aire.
En las ramas las hojas son pequeños sables blancos
que se deshacen o se elevan con la brisa
y los pastizales, tan altos como un hombre,
se inclinan de tal modo
que se esfuma la línea de las cañas
y un misterioso vapor asciende congregándose en la altura.
Dóciles al orden de los círculos
los cúmulos también descienden,
su resina se endurece, bronceada por el cenit,
y una isla de cipreses se conforma.
He aquí el vértice de la cordillera.
En esa cumbre de índigo, un caballo tiene su primera visión del mar.
Vislumbra el borde líquido del mundo,
combado por el peso de todo dolor posible
y toda belleza posible.
Alucinado por la imagen,
el caballo alberga en su corazón la carga salobre de mil anclas.
Corre con una violencia que crece,
alimentada monstruosamente por los días.
Sin detenerse, galopa hacia la costa.
Ni por un instante concibe el aliento de la pausa,
el oleaje del mar es una nueva gravedad
que en la distancia conjura todavía más poderoso su llamado.
Hasta que en la mitad de la séptima jornada,
la luna creciente arroja de su mano la lanza del cansancio,
el filo penetra en el flanco,
cruza la angosta hendidura de la jaula
y atraviesa con precisión el centro de corinto.
El caballo, herido, se desploma.
Primero es el estruendo de los hinojos contra el polvo
luego los cascos y los dientes ruedan
y se esculpen hasta la perfección de los guijarros.
De las órbitas brota un torrente de agua
donde la crin ondula, sembrando el curso en la corriente y su brioso influjo.
La curvatura de la grupa define los contornos del cauce,
la profundidad, el sinuoso recorrido.
Las entrañas caen y al contacto con la superficie
en peces se convierten.
Es el río que avanza ajeno a toda rienda,
su longitud trepida cuando presiente la cercanía de la vera
y con el vigor que en su pecho ha sido renovado
rasga la arena de la orilla.

En un brindis aguardado durante demasiado tiempo,
las aguas se encuentran la una con la otra
y el río arrobado por el ímpetu
se une de golpe
con el mar.



CARTA ADOLESCENTE ESCRITA CERCA DE LOS TREINTA

O canción para pedir disculpas por la distancia
A veces llega una temporada
cuando los árboles pierden todas sus hojas
y un humor enfermo brota de la tierra.
Es entonces cuando emergen esos seres
que no emiten más nada que gruñidos,
porque no pueden entender y desprecian todos los demás lenguajes.
No conocen otra luz que no sea el reflejo de sus fauces en el agua,
y creen que solo se hacen grandes en su sombra,
y se imaginan poderosos solo en su medida
y en la extensión de lo que cubre.
Y de pronto toman cuanto quieren.
Lo único valioso es aquello que se toca, lo tangible,
lo que ha sido arrebatado con violencia.
Lo indomable,
lo puro,
lo salvaje,
debe renunciar a resistirse y es aniquilado.
Llega un momento en el que incluso la naturaleza parece contagiarse,
resignarse a una suerte de silencio,
donde poco importa que se extinga lo genuino 
y la belleza.
Debo ser sincera.
En esas épocas pierdo la esperanza.
Me entristecen las frutas sin semilla,
el vacío de las cosas,
la repetición de la amargura,
el plástico,
la ignorancia.
Me canso.
De algún modo yo también me rindo.
Entonces me vuelvo un poco topo y cavo tan profundo,
tan hondo como puedo.
Paso los días rodeada solo de raíces,
lejos del mundo que arriba, en algún lugar, transcurre;
ajena a toda esa injustica que detesto.
Me olvido del tiempo que se mueve,
y la voz de los que alguna vez supieron de mi nombre
comienza a esfumarse poco a poco.
Me muerdo los labios, hasta que dejan de llamarme.
Y sucede lo que siempre hemos dicho que sabemos,
pero muy pocas veces contemplamos: la rueda gira en nuestra ausencia.
Y ahí en la simpleza de una madriguera lo comprendo,
sin dolor, sin rabia ni alegría.
Y por primera vez, después de mucho, el mañana no es una batalla,
la agitación se desvanece, puedo pronunciar la calma,
y algo semejante a la paz se acurruca en lo poco que perdura.
Solo después de mucho, decido que ha pasado suficiente,
que finalmente ha llegado el tiempo de volver.
Es cierto, en el bosque sigue rondando lo sombrío,
pero, a pesar de la hostilidad y la crudeza,
hay de pronto un gesto que despierta.
Y parece que el asombro es posible todavía,
que aún hay alguien que lo espera.
Y brota otra vez la caracola porque aún hay alguien que la escucha,
que se arriesga a cerrar los ojos
y a creer en la permanencia de las olas.
Y a cierta hora, la rareza ya no es una herida
y las nubes descubren esas montañas, que se levantaron
para los que fueron llamados a no andar sobre las huellas de los otros.
Y sonrío, sonrío nuevamente.
Deseo.
Quiero que amanezca,
y eso para mí es un nuevo modo de locura.
Por eso hay algo que he escrito en lo más hondo de una cueva para no olvidarlo nunca:
aunque tarde, la primavera siempre vuelve,
pero la primavera también es dura.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta este discurso poético, rico...

Edilberto González Trejos dijo...

Qué buena poesía, la de Madzia.

Ubia Üai Jä dijo...

Perdóname no haberte mostrado otro dios que la belleza,
no haberte obligado a ponerte de rodillas!